Cartas de amor
Cartas de amor Querido Sr. Lounsbury: Sé que tiene razón. Sé que jamás, en modo alguno, podré aceptar esta pérdida. La relación de la familia con ella era peculiar e inusual, y no podría existir una semejante con ninguna otra persona. El amor que sentíamos por ella era un amor normal y corriente, pero a él se sumaba una reverente y muy consciente veneración. Quizás era parecido a lo que siente un súbdito hacia su soberano… algo que no tiene por qué analizar, algo que no necesita plantearse, ni estudiar, sino que ocurre de forma natural. Era como un influjo que provenía de la gracia, la pureza, la dulzura, la simplicidad, la caridad, la magnanimidad y la dignidad de su carácter. Esto era, y la fragilidad de su cuerpo, que hacía que cuidáramos de ella, la atendiéramos, la protegiéramos, la rodeáramos de todos los mimos que pudieran compensar su poca fuerza con la riqueza de nuestra abundancia. Ésta era la actitud de más de uno de sus amigos, ésta era la actitud habitual de sus criados. Sus criados, que se quedaron con ella, hasta que llegara la muerte o el matrimonio: a sus 12 años, 16, 19, 20, 22…, esto es parte del historial. Y una de ellos, que la sirvió durante 23 años, todavía sigue con nosotros, y le cerró los ojos cuando llegó la muerte, y preparó su cuerpo para el entierro. Otro, que la sirvió durante 20 años, envió cinco dólares de sus modestos ahorros para comprar rosas blancas para el ataúd. Me han llegado cartas de la dependienta, del cartero, y de todas las capas de la sociedad, hasta de los más humildes. Y ¡qué conmovedora es la elocuencia del ignorante cuando es el corazón el que habla! Nuestro negro George, al principio un extraño, vino para limpiar unas ventanas, y se quedó 18 años. La Sra. Clemens lo despedía de vez en cuando, pero nunca fue capaz de echarlo de verdad. Él siempre decía: «No se las arreglaría sin mí, Sra. Clemens, y yo no voy a intentar arreglármelas sin usted». Tenía sus defectos, pero la veneración que sentía hacia ella era total y logró que ninguno de nosotros nos percatáramos de que los tenía. Cuando nos declaramos en quiebra, se empeñó en servirla sin salario, y lo habría hecho si ella lo hubiese permitido.