Cartas de amor
Cartas de amor Tijeras no se escribe «tirejas», mi pequeña y divertida especialista en ortografía. Pero no me importa cómo escribas, querida Livy; siempre aprecio tus palabras, independientemente de su ortografía. Y si creyera que tuvieras que poner mucho empeño o que te molestarías en escribirlas correctamente, no me gustarían tanto. Sí yo soy el único que critica tu ortografía, es como si nadie lo hiciera. Ojalá pudiera haber estado en la cena de cumpleaños. Todo lo que has escrito, incluyendo los párrafos acerca de tus conversaciones, no me podría haber gustado más; y aun así pensabas que era una tontería escribirlo. Me alegro mucho de que no lo excluyeras. Ha sido una buena carta larga y amena, y te lo agradezco mucho. Puedo ver con facilidad que el Sr. Beecher ha estado predicando acerca de un tema que le es muy querido. La gente siempre habla bien cuando habla de lo que siente. Ése es el secreto de la elocuencia. A veces desearía que pudieras oír a mi madre. El otro día en el vagón compré un tomo de extraordinarios sermones, de la pluma y del púlpito del Rev. George Collyer, de Chicago. Me gustan mucho. Uno o dos de los sermones explicarían fácilmente la historia cristiana de la mujer del capitán del barco acerca de quien me escribiste. Estos sermones carecen de profundidad, de la profunda comprensión de las fuentes secretas y de los impulsos del corazón humano, y también les faltan el análisis perspicaz del texto y del tema, que caracterizan los maravillosos sermones de Henry Ward Beecher, pero están más pulidos, son más poéticos, más elegantes, más retóricos y de palabras más delicadas y apropiadas que estos últimos. Te enviaré el libro dentro de poco.