Cartas de amor
Cartas de amor Querida Sra. Langdon: No me resulta del todo fácil escribirle con valor, en vista de que estoy a punto de causarle la tristeza de arrebatarle a su hija, el más cercano y más querido de todos los dioses de su hogar. Probablemente se pregunte: «¿Quién es usted para atreverse a hacer eso?». Y serÃa una pregunta difÃcil de responder. Le podrÃa pedir que acudiera a cincuenta amigos mÃos, pero sólo le podrÃan decir (y muy vagamente, demasiado) lo que he sido; sólo como un guardabosques podrÃa hablar sabiamente de un arbusto al que una vez conoció bien, sin saber que, desde que no lo ha visto, ha extendido sus ramas hacia arriba y se ha convertido en un árbol. Es una osada metáfora, pero no es del todo inadecuada. Pues esos amigos mÃos, que con certeza sabÃan muy poco de mà durante esos años pasados, no saben nada de mà ahora. Por poner un ejemplo, me conocÃan como un blasfemador profano; como un hombre con una forma de ser alegre y poco reacio al consumo social de alcohol; resumiendo, como un joven «salvaje»; aunque nunca como un joven deshonroso, en la acepción común de la palabra. Pero ahora nunca blasfemo; nunca bebo vino o licores, en ninguna ocasión; soy organizado y mi comportamiento es irreprochable en un sentido mundano; y, para terminar, hoy en dÃa afirmo que soy cristiano. Lo afirmo, y sólo queda ver si mi comportamiento demuestra que merezco llamarme asÃ.