Cartas de amor
Cartas de amor Con justicia le imploro que, a la hora de considerar mi carácter, tenga en cuenta que en cierto modo soy un hombre público. Usted sabe que los hombres públicos son reputados por todos los pecados que cometen y por otro gran número de pecados de los que nunca fueron culpables. Un particular se libra del escrutinio público, y mucho mejor así; pero mi personaje privado está a caballo, [calcinado] dividido, mezclado con mi personaje público, y en consecuencia los dos sufren más. Cualquier hombre de California podría decirle algo de mí, pero no más de cinco de toda la comunidad tendrían realmente derecho a hablar con autoridad de mi personaje privado, pues posiblemente no tenga un número mayor de amigos cercanos. Puedo declarar como una verdad absoluta que hay una sola persona en el mundo entero que me conoce: la Srta. Langdon. Debo referirle a ella. Ni mi propia madre, ni mi propia hermana me conocen la mitad de bien de lo que ella me conoce. No he congeniado nunca tan perfectamente con nadie como con ella (excepto con un hermano que murió); a lo largo de estos últimos años, nunca he confiado tanto en nadie como en ella, siempre ha habido una cámara secreta o algo así en mi ser en la que ningún amigo había entrado hasta ahora. Pero para ella no tengo secretos, ningún armario cerrado con llave, ningún lugar escondido, ninguna rasgo de mi carácter o actitud disfrazados. Ella es la única que me conoce realmente.