Cartas de amor
Cartas de amor No deseo casarme con la Srta. Langdon por su dinero, y ella lo sabe muy bien. En lo que a mà respecta, el Sr. Langdon podrÃa desheredarla si quisiera. Como vulgarmente se dice, me he buscado la vida desde que tenÃa trece años, sin que nadie me animase lo más mÃnimo ni me ayudase, y estoy plenamente capacitado para seguir remando el resto del viaje y llevar junto a mà a un pasajero. Mientras tenga salud y fuerza, y esa fuerte esperanza y confianza que Dios me dio al nacer, me encargaré de que siempre tengamos una vida confortable, y eso es lo único (de naturaleza meramente terrenal) que nos importará. Me parece que ninguno de los dos padecemos la adicción al dinero. Ella piensa que podrÃamos subsistir con dos mil al año (y ya sabe que es un ama de casa capacitada y experimentada y que tiene un juicio sensato en estos temas), pero si pensara no poder ganar más que eso, no hubiera sido tan depravado como para pedirle que se casara conmigo todavÃa. No, seguiremos adelante sin preocuparnos lo más mÃnimo de lo que piense el mundo, si es que piensa de modo diferente. Allá nosotros… somos lo bastante orgullosos y lo bastante independientes como para pensar que podemos hacernos cargo de todo debidamente. Si nos buscamos problemas, venderemos nuestras labores de punto de aguja y comeremos lo que se pueda en tierra extranjera, y lucharemos, pero no regresaremos para alojarnos en el viejo hogar, para que Charley nos cobre alojamiento al estilo europeo, como siempre dice que hará conmigo cuando me demoro aquà unos dÃas. ¡Le está bien empleado a Charley! Me propongo ganar el dinero suficiente, de una forma u otra, para comprar una participación rentable en un periódico de gran reputación, y luego instruiré, elevaré y culturizaré a los lectores a través de sus columnas; y mi mujer (la que será mi mujer) supervisará la economÃa doméstica, aportará ideas y sentido común, corregirá el manuscrito y lo revisará. Eso es todo lo que tendrá que hacer. Un mero pasatiempo para una persona de su categorÃa.