Cartas de amor
Cartas de amor Todavía sigo buscando un rostro como el tuyo entre mi público, un rostro que dé muestras de una naturaleza como la tuya; pero sigue siendo en vano. Y, día tras día, con cada nueva prueba que me confirma que eres única, me enorgullezco más de ti. Si hay algún hombre que tenga razones para estar agradecido a la Divina Providencia, ése soy yo. Y muchas veces me paro y pienso en el milagro, el curioso misterio, la rareza que rodea el hecho de que sólo hubiera una mujer, entre los cientos de miles de mujeres cuyos rasgos he examinado críticamente y cuyas personalidades he leído en sus rostros, una sola mujer entre todas ellas a la que yo podía amar con todo mi corazón, y que mi asombrosa buena fortuna me garantizaría el amor de esa mujer. Y más aún, que descubriría en un solo instante, la primera vez que te vi, que tú eras esa mujer. Supera mi comprensión. He expuesto los hechos fielmente; puedo jurarlo. He conocido a muchas muchas mujeres bellas y admirables, pero todas escondían uno o más defectos, y durante todo este tiempo, durante doce largos años, me fui volviendo naturalmente cada vez más crítico y más difícil de complacer, como les pasa a los solterones… Pero, he aquí que al final te encontré, y en ti no veo ninguna imperfección. Es extraño, es muy extraño. La mano de la Providencia ha tenido algo que ver. Cuando deje de estarte agradecido, profundamente agradecido por tu amor, estaré… muerto. Nunca antes, Livy… nunca antes.