Cuentos completos

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—Confiésalo… ¡Confiésalo! ¡Has dicho una mentira!

Fue todo cuanto pudieron pronunciar. La situación era nueva, inaudita, insólita. No entraba dentro de sus posibilidades comprenderla, no sabían cómo abordarla, las había dejado prácticamente sin habla.

Al cabo se decidió que la chiquilla responsable de la falta merecía ser llevada ante su madre, que estaba enferma y debía conocer lo ocurrido. Helen suplicó, rogó, imploró que la dispensaran de aquel castigo añadido, que le ahorraran a su madre el dolor y el sufrimiento que ello le acarrearía. Pero no era posible: el deber requería tal sacrificio; el deber es lo primero de todo; nada puede eximirlo a uno del deber; ante el deber, no hay pacto que valga.

Helen siguió suplicando y dijo que era ella quien había cometido el pecado, su madre no tenía nada que ver… ¿Por qué tenían que obligarla a sufrir por su culpa?

No obstante, las tías eran obstinadas en su rectitud, y respondieron que era de lógica y de recibo que la ley que castiga al hijo por los pecados del padre pudiera invertirse; y, por tanto, era más que justo que la inocente madre de una hija pecadora sufriera la parte que le correspondía de la pena, el dolor y la vergüenza que por fuerza cargaba el pecado.


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