Cuentos completos

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No había en él lugar para la mentira. En él, mentir era impensable. En él, el discurso quedaba limitado a la verdad absoluta, a la verdad más estricta e implacable, a la verdad a ultranza, fueran cuales fuesen las consecuencias. Al fin, un día, bajo el peso de las circunstancias, el tesoro de la casa se manchó los labios con una mentira… Y lo confesó, entre lágrimas y amonestaciones a sí misma. No hay palabras capaces de plasmar la consternación de las tías. Fue como si el cielo se hubiera roto y se hubiera venido abajo, y la tierra se hubiera precipitado hacia su perdición con un gran estruendo. Permanecieron sentadas una al lado de la otra, pálidas e implacables, observando, mudas, a la culpable, que estaba arrodillada frente a ellas con la cara enterrada primero en el regazo de una y luego de la otra, gimiendo y sollozando, apelando a su compasión y su perdón sin obtener respuesta, besando con humildad las manos de las dos, para observar tan solo que las retiraban como si el contacto de aquellos labios mancillados fuera una profanación.

Dos veces, con un silencio entre medio, tía Hester dijo, paralizada por la estupefacción:

—¿Has dicho una mentira?

Dos veces, con un silencio entre medio, tía Hannah exclamó a continuación, con tono estupefacto y entre dientes:


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