Cuentos completos
Cuentos completos En esos momentos el doctor se encontraba de camino hacia la casa. Sin embargo, le quedaba todavía un buen trecho por recorrer. Era buen médico y buen hombre, y tenía buen corazón, pero era necesario llevar tratándolo un año para conseguir no odiarlo, dos para empezar a soportarlo, tres para simpatizar con él, y cuatro o cinco para llegar a apreciarlo. Era un aprendizaje lento y difícil, pero valía la pena. El hombre era de una gran estatura, tenía la cabeza y la cara aleonadas, la voz ronca, y una vista que unas veces se caracterizaba por su perspicacia y otras por su miopía, según el momento. No sabía nada sobre la etiqueta, y tal cosa le traía sin cuidado: en el discurso, los modos, el porte y la conducta era todo lo contrario a alguien convencional. Era franco, hasta el límite; tenía opinión sobre todos los temas, siempre disponible y a punto, y no le importaba un comino si a su interlocutor le gustaba o no. Si alguien le caía bien, le caía bien, y se ocupaba de dejarlo claro; si alguien no le agradaba, directamente lo odiaba, y pregonaba la noticia a los cuatro vientos. En sus tiempos jóvenes había sido marinero, y aún conservaba los aires de lobo de mar. Era un cristiano firme y leal, y se creía el mejor sobre la tierra y el único con una fe sólida y sana, llena de sentido común y carente de puntos oscuros. Quienes tenían un interés personal en el asunto, o quienes por algún motivo deseaban acogerse a ese lado suyo más benévolo, lo llamaban «el Cristiano». Este apelativo le suponía un delicado halago y era música para sus oídos, y su «C» mayúscula era para él un objeto tan encantador y vívido que podía llegar a observarlo cuando brotaba de labios de una persona incluso en la oscuridad. Muchos de quienes lo adoraban se aferraban a su sensatez y lo llamaban de forma habitual con ese largo nombre sin problemas, porque para ellos era un placer hacer cualquier cosa que lo complaciera. Por otra parte, su cosecha de enemigos, abundante y cultivada con ahínco, lo embellecía y lo adornaba con una malicia intensa y arraigada, dando lugar a una fórmula más extensa: «el Único Cristiano». De esos dos apelativos, el último era el que tenía mayor difusión; el enemigo, en la grandeza de su superioridad numérica, se ocupaba de ello. Cuando el doctor creía en algo, lo hacía con el alma, y salía en su defensa siempre que tenía la oportunidad, pero si los intervalos entre oportunidades aumentaban hasta un punto fastidioso, él mismo ideaba la forma de acortarlos. Era concienzudo hasta la severidad, de acuerdo con su visión más bien particular de las cosas, y aquello que consideraba un deber lo cumplía, tanto si los profesionales de la moral estaban de acuerdo como si no. En el mar, en sus tiempos jóvenes, solía blasfemar con libertad, pero en cuanto se convirtió adoptó la norma, que en adelante siempre había cumplido sin excepción, de no hacerlo salvo en muy raras y especiales ocasiones, y aun así solo si el deber lo requería. En sus años de marinero había sido un bebedor empedernido, pero tras su conversión se volvió estricta y declaradamente abstemio con objeto de servir de ejemplo a la juventud, y desde ese momento apenas bebía. De hecho, no lo hacía nunca, excepto cuando le parecía que era una obligación, cosa que sucedía varias veces al año, pero nunca más de cinco.