Cuentos completos

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Las tres últimas personas a quienes he mencionado estaban de pie junto a la cama. Las tías estaban serias, y la pecadora sollozaba en silencio. La madre volvió la cabeza sobre la almohada, y la compasión y el ferviente amor materno iluminaron al instante sus cansados ojos al posarlos sobre su hija, y le ofreció el abrigo y el amparo de sus brazos.

—¡Espera! —exclamó tía Hannah, y extendió el brazo para impedir que la chica se arrojara a ellos.

—Helen —dijo la otra tía con mucho énfasis—, explícaselo todo a tu madre. Purga tu alma, no dejes nada por confesar.

Compungida y apesadumbrada ante sus juezas, la joven relató entre lamentos el triste episodio de principio a fin, y luego, en una súplica vehemente, exclamó:

—Oh, madre, ¿podrás perdonarme? ¿Me perdonarás? ¡Es tal mi desconsuelo…!

—¿Perdonarte, querida mía? Oh, ¡ven a mis brazos! Así, apoya la cabeza sobre mi pecho y siéntete en paz. Aunque hubieras dicho mil mentiras…


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