Cuentos completos

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Pero en ese momento fue interrumpida por un visitante: se trataba del editor y propietario del Sagamore. Resultaba que había tenido que ir a Lakeside para hacer una visita de rigor a una desconocida abuela suya que estaba llegando al final de su peregrinaje, y, con la idea de combinar negocios y penas, había decidido pasarse por casa de los Foster, quienes durante los últimos cuatro años habían estado tan absorbidos por otros asuntos que habían descuidado pagar su suscripción. Debían seis dólares. Ninguna otra visita habría sido mejor recibida. Él lo sabría todo acerca del tío Tilbury y cuáles eran las probabilidades de que acabara pronto en el cementerio. Por descontado, no podían hacer preguntas, ya que aquello contravendría las condiciones del legado; pero sí que podrían ir tanteando en torno al tema y confiar en obtener resultados. El plan no funcionó. El obtuso editor no se daba cuenta de que intentaban sacarle información; pero al final, el azar pudo más que todas sus artes sibilinas. Para ilustrar con una metáfora algo que estaba comentando, dijo:

—Vaya, ¡tan malvado como Tilbury Foster…!, como decimos por allí.

Fue algo tan repentino que los Foster saltaron de sus sillas. El visitante se percató de ello y dijo en tono de disculpa:


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