Cuentos completos
Cuentos completos —Bueno, ¡yo dirÃa que bastante! Fui uno de los albaceas. Todo lo que tenÃa al morir era una carretilla, y me la dejó a mÃ. Sin ruedas, y en un estado lamentable. Pero algo es algo, asà que, para corresponderle, le escribà a toda prisa una pequeña nota necrológica, que al final no se publicó por falta de espacio.
Pero los Foster ya no escuchaban: su copa rebosaba amargura, y ya no podÃa contener nada más. Permanecieron sentados con la cabeza gacha, ajenos a todo salvo al dolor que embargaba sus corazones.
Una hora más tarde, continuaban allà sentados, cabizbajos, inmóviles, silenciosos; el visitante se habÃa marchado hacÃa tiempo, sin que ellos se percataran.