Cuentos completos
Cuentos completos En el punto al que yo había llegado en el párrafo que precede a este relato, la situación era la siguiente: había dos caballos muriendo en el suelo, el toro había ahuyentado a un lado y otro por un momento a sus perseguidores, y estaba plantado en medio de la plaza, jadeando, levantando con sus pezuñas nubes de polvo sobre su espalda. El hombre que había sido herido volvió otra vez al ruedo con otro caballo, un pobre jamelgo con los ojos tapados pero en el que había algo irónicamente militar en su porte. Un instante después el toro le había desgarrado la barriga: sus tripas se arrastraban por el suelo y el toro volvía a la carga con el enjambre de sus cóleras. De pronto, resonaron las notas de un toque de corneta que me heló la sangre: «¡Soy yo, Soldado, ven!». Me volví, y Cathy ya volaba hacia abajo por entre la masa de gente. Salvó de un salto la barrera y corrió hacia aquel caballo sin jinete, que se adelantaba tambaleante en dirección a las notas conocidas, pero le faltaron las fuerzas y cayó a sus pies, mientras ella le prodigaba sollozantes besos, y la concurrencia se ponía en pie movida por un solo impulso y lívida de horror. Antes que nadie pudiera acudir en su socorro, el toro embistió de nuevo…