Cuentos completos
Cuentos completos Nunca más recobró el conocimiento. La llevamos a casa, destrozada y empapada de sangre; nos arrodillamos junto a ella, escuchando sus palabras entrecortadas y delirantes, y oramos por su alma, que salía del cuerpo, y ya no nos consolamos, ni creo que nos consolaremos nunca. Pero ella se sintió feliz, se encontraba muy lejos de allí, bajo otro cielo, alternando otra vez con los batidores, con sus amigos animales y con los soldados. Sus nombres fueron cayendo suaves y con ternura de su boca, uno a uno, dejando un silencio entre ellos. No sufría, permanecía acostada con los ojos cerrados, murmurando ensimismada como una persona que sueña. Algunas veces sonreía, sin decir nada; otras sonreía al pronunciar un nombre, como Shekels, o BB, o Potter. Algunas veces se creía en su fuerte, dando órdenes; otras cargaba por las llanuras a la cabeza de sus hombres; otras estaba entrenando con su caballo; y en una ocasión dijo en tono de censura: «Me estás dando el pie equivocado, dame el izquierdo, ¿no sabes que nos estamos despidiendo?».
Después permaneció callada un rato; el final estaba próximo. De pronto murmuró: «Cansada… Tengo sueño… Coge en brazos a Cathy, mamá». Y luego dijo: «Dame un beso, Soldado». Durante un ratito permaneció tan callada que dudábamos si respiraba. De pronto alargó las manos y empezó a tantear a ciegas, y por último dijo: «No lo encuentro; tocad a silencio».
Aquel era el fin.