Cuentos completos

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Enseguida llegaron Tom y Joe, y todos se pusieron a adornar la casa con flores. Hacia las nueve los tres mineros dijeron que, puesto que habían llevado consigo sus instrumentos, empezarían a afinarlos, ya que los chicos y las chicas estaban al caer y no veían la hora de disfrutar de una buena velada como las de antes. Un violín, un banjo y un clarinete, esos eran sus instrumentos. Los componentes del trío ocuparon sus lugares respectivos uno junto al otro y empezaron a tocar algunas piezas rápidas que invitaban a bailar a la vez que marcaban el compás con sus gruesas botas.

Eran casi las nueve. Henry estaba de pie en la puerta con los ojos fijos en la carretera, y su cuerpo oscilaba ante la tortura de su angustia. Le habían hecho tomar varias copas por la salud y la seguridad de su esposa, y en ese momento Tom exclamó:

—¡Todos a punto! ¡Una copa más y la tendremos aquí!

Joe llevó las copas en una bandeja y las repartió entre los presentes. Yo me dispuse a coger una de las dos que quedaban, pero Joe gruñó con un hilo de voz:

—¡Deje esa! Coja la otra.

Eso hice. A Henry le adjudicaron la última. Apenas había apurado su copa cuando el reloj empezó a dar las nueve. Lo escuchó hasta el final mientras iba palideciendo por momentos. Entonces dijo:


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