El Forastero Misterioso

El Forastero Misterioso

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—Nunca ha habido una justa, ni honorable, por parte del instigador de la guerra. Puedo ir un millón de años por delante, y esta regla no variará ni en media docena de ocasiones. El grupito ruidoso —como siempre— exigirá la guerra. El púlpito, con recelo y cautela, al principio se opondrá; la apática masa de la nación se frotará los ojos aletargados, intentará comprender por qué debería haber guerra, y dirá, seria e indignada: «Es injusta y deshonrosa, y no resulta necesaria». Entonces el puñado gritará más alto. Unos cuantos hombres justos del otro bando expondrán argumentos y razones contra la guerra, de forma oral y escrita, y al principio todos los escucharán y aplaudirán. Pero no durará mucho: los otros gritarán más que ellos y las audiencias antibélicas serán cada vez menores y perderán popularidad. Al poco presenciaremos una cosa curiosa: cómo se expulsa a pedradas a los oradores de la tribuna, y cómo la libertad de expresión muere a manos de hordas de hombres furiosos que, en el fondo de su alma, piensan igual que los oradores apedreados —como antes— pero no se atreven a decirlo. Y entonces la nación al completo —incluso el púlpito— entonará el grito de guerra, y se desgañitará, llevándose por delante a cualquier hombre honrado que ose abrir la boca, por lo que al final esas bocas dejarán de abrirse. A continuación los estadistas inventarán mentiras despreciables, y echarán la culpa a la nación que es atacada; y todo el mundo se alegrará de esas falsedades tranquilizadoras de conciencias, las estudiarán diligentes, y se negarán a examinar cualquier cosa que las refute; y así, poco a poco, se convencerán de que la guerra es justa, y darán gracias a Dios por lo bien que duermen después de este proceso de grotesco autoengaño.


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