El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso —Cuide muy bien del árbol, porque su salud y la de usted están ligadas. Jamás volverá a dar fruto, pero si lo cuida, vivirá mucho tiempo. Riegue sus raÃces una vez cada hora, todas las noches; y hágalo usted. No deben hacerlo sus criados, y tampoco servirá de nada hacerlo de dÃa. Si deja de regarlo una sola vez en una sola noche, el árbol morirá, y usted con él. No vuelva nunca más a su paÃs, porque no llegarÃa vivo; no acepte compromisos de placer o de negocios que le obliguen a abandonar su casa de noche: no puede arriesgarse; no alquile ni venda esta propiedad: serÃa poco juicioso.
El extranjero era orgulloso y no suplicó, pero tenÃa cara de querer hacerlo. Mientras miraba atónico a Satán, nos desvanecimos y aterrizamos en Ceilán.
Me daba pena aquel hombre. SentÃa que Satán no se hubiese portado como siempre, matándolo o volviéndolo loco. HabrÃa sido más misericordioso. Satán escuchó mi pensamiento y dijo:
—Lo habrÃa hecho, de no ser por su esposa, que no me ha ofendido. Ella viaja en estos momentos, para reunirse con él, desde el paÃs de origen de los dos, Portugal. Se encuentra bien, pero no le queda mucho tiempo de vida, y estaba deseando verlo y convencerlo para que regresara con ella el próximo año. Morirá sin saber que él no puede abandonar aquel sitio.
—¿Él no se lo dirá?