El Forastero Misterioso

El Forastero Misterioso

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Se detuvo, como si no hubiera más que hablar. Lo lamenté porque entonces yo tenía una idea muy vaga de lo que era el sentido moral. Sólo sabía que estábamos orgullosos de tenerlo, y hablar de él de esa manera me hizo daño: me sentí como una joven segura de que sus mejores galas causan admiración, cuando oye a unos desconocidos burlarse de ellas. Durante un rato todos permanecimos en silencio y, al menos yo, me encontraba desanimado. Entonces Satán empezó a charlar de nuevo y al poco se lucía en un tono tan alegre y vivaz que recuperé el ánimo. Sus comentarios ingeniosos nos hicieron reír a carcajadas; como cuando nos contó aquella vez en la que Sansón ató antorchas a las colas de los zorros, los soltó entre las mieses de los filisteos, luego se sentó en la valla con tal ataque de risa que se daba golpes en los muslos mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, y, de tanta risa, perdió el equilibrio y se cayó; el recuerdo de aquella imagen lo hizo reír también, y pasamos un rato estupendo y divertido. Después dijo:

—Ahora me voy a hacer el recado.

—¡No! —dijimos todos— No te vayas, quédate con nosotros. No volverás.

—Volveré. Os doy mi palabra.

—¿Cuándo? ¿Esta noche? Dinos cuándo.

—No tardaré. Ya lo veréis.

—Nos caes bien.


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