El Forastero Misterioso

El Forastero Misterioso

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Yo estaba preocupado, ¿de qué iba a vivir Marget? Ursula no podía encontrar todos los días una moneda en el camino, quizás ni siquiera una segunda vez. Además, me daba vergüenza no haber estado cerca de Marget, cuando ella necesitaba tanto de sus amigos; pero eso era culpa de mis padres, no mía, y yo no podía evitarlo.

Caminaba yo muy abatido siguiendo el sendero cuando una sensación de hormigueo refrescante y jovial recorrió mi cuerpo, y mi alegría fue tanta que no se puede describir con palabras, porque gracias a aquella señal supe que Satán estaba cerca. Ya lo había notado antes. Enseguida apareció a mi lado y yo le conté mis preocupaciones y lo que les había pasado a Marget y a su tío. Mientras hablábamos, tomamos una curva y vimos a la vieja Ursula descansar a la sombra de un árbol; tenía un flaco gatito callejero en el regazo y le hacía caricias. Le pregunté de dónde lo había sacado y me dijo que era gata, que había salido del bosque y se había puesto a seguirla; que seguramente no tendría ni madre ni amigos, motivo por el cual se la llevaría a casa para cuidarla. Satán dijo:

—Tengo entendido que sois muy pobres, ¿por qué quieres añadir una boca más a las vuestras? ¿Por qué no se la das a algún rico?

Ursula se indignó y le dijo:


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