El Forastero Misterioso

El Forastero Misterioso

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La tarde del cuarto día después de la catástrofe, Ursula se presentó en nuestra casa pidiendo ropa para lavar y rogándole a mi madre que le guardase el secreto para proteger el orgullo de Marget, quien pondría fin a todo aquello si se enteraba; Marget no tenía suficiente para comer y empezaba a debilitarse. Ursula también estaba floja y se le notaba: se tomó la comida que le ofrecimos como una persona hambrienta, pero no la convencimos para que se llevara algo a casa, porque Marget nunca aceptaría limosna. Se llevó algunas piezas de ropa al arroyo, para lavarlas, pero desde la ventana comprobamos que no tenía fuerzas para manejar la paleta; por eso la llamamos y le ofrecimos algún dinero: le daba miedo aceptarlo por si Marget sospechaba. Al final lo cogió porque pensaba decirle que lo había encontrado en el camino. Con el fin de que aquello no fuese una mentira que dañase su alma, me pidió que lo tirara al suelo delante de ella; pasó a su lado, lo encontró y, entre exclamaciones de sorpresa y alegría, lo recogió y reanudó la marcha. Como el resto de la aldea, era capaz de decir mentiras rutinarias sin pensar y sin adoptar precauciones contra el fuego del infierno; pero esta mentira era de otra clase, y le parecía peligrosa porque no estaba acostumbrada a ella. Después de practicar durante una semana no le habría supuesto ningún problema. Así somos.



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