El Forastero Misterioso

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Y así fue como la nueva felicidad de Marget tuvo una muerte rápida. Ningún amigo acudió a compadecerse de ella, aunque tampoco los esperaba; una nota sin firmar anuló su invitación a la fiesta. Ya no tenía alumnos a los que dar clase. ¿Cómo iba a mantenerse? En la casa podía quedarse, porque la hipoteca estaba pagada, a pesar de que el gobierno —y no el pobre Solomon Isaacs— de momento tenía el dinero en sus garras. La vieja Ursula, que era la cocinera, doncella, ama de llaves, lavandera y todo lo demás del padre Peter, y que había sido la niñera de Marget, dijo que Dios proveería. Pero lo dijo por pura costumbre, porque era una buena cristiana. Sin duda tenía la intención de ayudar a proveer, si encontraba la manera de hacerlo.

Los chicos queríamos ir a ver a Marget y ser amables con ella, pero nuestros padres tenían miedo de que la comunidad se ofendiera y no nos lo permitían. El astrólogo andaba por ahí poniendo a todo el mundo en contra el padre Peter, diciendo que era un ladrón sin remedio que le había robado mil ciento siete ducados de oro. Decía que precisamente por eso sabía que era un ladrón, porque aquella cifra exacta le faltaba a él, y el padre Peter decía que la había «encontrado».



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