Juana de Arco
Juana de Arco —Yo marcharé junto a vos, como también vuestros hermanos, Juan y Pedro, pero no asà Santiago.
—Todo esto es cierto, según lo previsto, y de acuerdo con lo que se me ha revelado últimamente. Sin embargo, hasta hoy no he sabido que los planes se realizarÃan a través de mÃ, ni tampoco que yo deberÃa partir en cumplimiento de esta misión. Pero vos, ¿cómo sabéis esas cosas de mis hermanos?
Le conté cuándo y dónde ella misma habÃa comunicado los detalles sobre sus hermanos. Pero no lo recordaba. De modo que entonces comprendà que al pronunciar aquellas palabras se encontraba fuera de la realidad, como en trance o éxtasis de algún tipo. Al darse cuenta de lo ocurrido, me rogó que guardara silencio y no descubriera por el momento estas revelaciones. Yo le aseguré que lo harÃa asÃ, y mantuve mi palabra.
Todos los que se encontraron con Juana aquel dÃa, percibieron el cambio operado en ella. Se movÃa y hablaba con decisión y energÃa. Un fuego desconocido brillaba en sus pupilas, y también se observaba algo distinto, que llamaba la atención en su porte y en el modo de erguir la cabeza. Esa nueva luz y desenvoltura debÃan tener su origen en la autoridad y poder que le habÃan sido atribuidos, por mandato divino, aquel mismo dÃa. Sólo con su talante mostraba esa autoridad con mucha mayor fuerza que con las palabras, sin incurrir en el menor gesto altanero o presuntuoso.