Juana de Arco
Juana de Arco Así pues, supe lo que había de hacer ahora, si deseaba complacerla: ir a Vaucouleurs, no dejarme ver cerca de ella, pero estar dispuesto para cuando se me necesitase. Me puse en camino durante la tarde siguiente, y pude alojarme en un lóbrego hospedaje de la villa. Por la mañana, acudí a visitar el castillo, con el propósito de presentar mis respetos al gobernador. Me invitó a comer con él, en sus aposentos, al mediodía siguiente. El gobernador representaba la figura del soldado ideal de la época: alto, musculoso, pelo grisáceo y duro, frecuentes imprecaciones y palabras fuertes, aprendidas en diversas campañas de armas y conservadas como un tesoro. Acostumbrado a la vida en los campamentos, según él, la guerra era el más precioso regalo que Dios le había hecho al hombre.
Llevaba puesta su armadura de acero y calzaba unas botas que cubrían hasta más arriba de la rodilla. En la cintura colgaba una enorme espada. Al contemplar aquella imagen arrogante y escuchar sus juramentos, me di cuenta de que en semejante lugar no cabía la menor delicadeza de sentimientos ni podía encontrarse espacio para la poesía, por lo cual confiaba en que Juana, la dulce muchachita campesina, no tuviera que enfrentarse a este personaje, y se contentara con escribirle una carta.