Juana de Arco
Juana de Arco Derramaba lágrimas amargas en los ratos que se encontraba a solas, pero nunca en público. Delante de la gente se mostraba serena y no manifestaba dolor ni resentimiento contra sus ofensores. Esta noble actitud hubiera debido suavizar la animosidad contra ella, desplegada por los maledicentes, pero no fue así. Su padre estaba tan indignado, que no podía hablar con tranquilidad del atrevido proyecto de Juana, dispuesta a ir a la guerra como un hombre. Tiempo atrás, soñó que su hija sería capaz de hacer esto, pero ahora recordaba aquel sueño con irritación y enfado, afirmando que antes de ver cómo, olvidando su sexo, se alistaba en el ejército, ordenaría a sus hermanos que la ahogaran, y si ellos se negaban, entonces lo haría él mismo con sus propias manos.
A pesar de la enemistad general y de los ataques sufridos, los planes de Juana no variaron lo más mínimo. Desconfiados, sus padres la sometieron a estrecha vigilancia con el fin de impedirle abandonar el pueblo. Ella no se recataba en decir que su momento no había llegado todavía. Que a su debido tiempo le sería comunicada la hora de partir, y que, entonces, sus guardianes no servirían de nada.