Juana de Arco
Juana de Arco Pero todas aquellas gentes se equivocaban. Acudieron en masa a Toul con el fin de presenciar el acto personalmente y disfrutar con el terror, desconcierto y derrota de aquella presuntuosa. Las cosas fueron de otro modo, y los maledicientes encontraron la horma de su zapato. Juana se mantuvo tranquila, sencilla y con absoluta desenvoltura. No quiso llamar a ningún testigo que declarara en su favor, afirmando que se limitaría a interrogar a los presentados por la acusación.
Una vez que éstos finalizaron sus respuestas, ella se levantó, procediendo a analizar sus testimonios con palabras sobrias, considerándolos vagos, confusos y sin fuerza de prueba. Después, hizo sentar al Paladín en el banquillo y comenzó a interrogarle. Sus declaraciones anteriores se fueron cayendo a jirones, hasta derrumbarse del todo, quedando al descubierto y sin ropa, él que tan ricamente vestido con el fraude y la mentira se había presentado poco antes. En vista de las circunstancias, su defensor intentó nuevos argumentos, pero la corte se negó a escucharle y dio por terminado el caso, añadiendo unas palabras de solemne alabanza para Juana, refiriéndose a ella como «esta maravillosa niña».