Juana de Arco
Juana de Arco —Volveré otra vez hasta que consiga la escolta de hombres armados. Asà me han ordenado hacerlo, y no puedo desobedecer. Iré ante el DelfÃn, aunque haya de hacerlo caminando de rodillas.
Sus dos hermanos y yo nos reunÃamos con Juana a diario para atender a las personas que venÃan a escuchar sus palabras. En una ocasión, llegó un caballero llamado Juan de Metz. Se dirigió a Juana con tono condescendiente y mimoso, como se le habla a un niñito, diciendo:
—Pero, cómo, ¿qué hacéis aquÃ, muchachita? ¿No veis que van a arrojar a nuestro Rey de Francia y a convertirnos a todos en ingleses?
Juana le respondió con el estilo tranquilo y serio que le era habitual:
—Yo he venido a rogarle a Robert de Baudricourt que me conduzca o me permita llegar hasta el Rey, pero no ha hecho caso de mis peticiones.
—SÃ, ya veo, ya veo que mostráis una admirable tenacidad, puesto que ni siquiera un año entero de espera ha logrado haceros desistir de vuestros deseos. Ya os vi la primera vez que elevasteis vuestro ruego al gobernador.
—No se trata de un ruego, sino de un firme propósito. Me lo concederá. Puedo esperar.