Juana de Arco
Juana de Arco —Bueno, tal vez no sea razonable estar tan segura de eso, hija mÃa. Estos gobernadores son difÃciles de convencer… Y en el caso de que no accediera a vuestro ruego…
—Accederá. No tendrá más remedio que hacerlo. No es un problema de gusto.
El tono condescendiente del caballero, como se apreciaba al ver su cara, se iba diluyendo. La seriedad mostrada por Juana empezaba a impresionarle. Era habitual que la gente, dispuesta en principio a burlarse de la joven, acabara por hablar con ella completamente en serio. No tardaban en percibir en su espÃritu una insospechada profundidad. Entonces, su evidente sinceridad y la firmeza de roca en que basaba sus ideas, desarmaban cualquier pretensión frÃvola o caprichosa de personas que no lograban mantener su postura con dignidad. El caballero de Metz permaneció pensativo unos minutos, y luego habló con voz seria:
—¿Y es muy urgente que lleguéis a la presencia del Rey?… Bueno, lo que intento decir… —vaciló el caballero.
—¡Antes de mediada la Cuaresma, aunque tuviera que gastarme las piernas hasta la rodilla! —exclamó Juana.