Juana de Arco

Juana de Arco

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Pronunció estas palabras con ese aire de contenida fiereza que descubre hasta qué punto el corazón de una persona ansia lograr su propósito. Al instante, se hubiera podido adivinar la respuesta en la cara del caballero de Matz. Sus ojos se iluminaron con el brillo de la simpatía. Añadió, con la máxima cordialidad posible:

—Sabe Dios que me parece os debieran conceder la guardia de soldados que solicitáis, y creo que de vuestra empresa habría de salir algo favorable para Francia. Pero ¿qué os proponéis realizar? ¿Qué esperáis conseguir y cuáles son vuestras ilusiones?

—Rescatar a Francia. Y el cielo quiere que sea yo quien lo haga. Nadie más en el mundo, ni reyes, ni duques, ni cualquiera otra persona, puede conseguirlo.

Sus palabras adoptaron un tono decidido y patético que impresionaron al caballero de Metz. Me di cuenta perfectamente. Juana bajó un poco la voz y continuó:

—Desde luego que hubiera preferido quedarme con mi madre ayudándole a hilar, porque ésta no es mi vocación. Pero debo estar dispuesta a hacerlo, cumpliendo la voluntad de mi Señor.

—¿Y quién es vuestro señor?

—Es Dios.


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