Juana de Arco

Juana de Arco

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Al oír estas palabras, emocionado, el señor de Metz, cumpliendo la noble ceremonia feudal, se arrodilló y, colocando sus manos sobre las de Juana, como señal de estar a su servicio, prestó juramento de que, con la ayuda de Dios, él mismo la conduciría ante el Rey.

Al día siguiente, apareció el caballero Bertrand de Poulengy, quien también hizo juramento, empeñando su honor de caballero en que habría de luchar junto a ella, y la seguiría por dondequiera que fuese.

Al atardecer de ese mismo día, se corrió un rumor que voló por todos los rincones de la ciudad: el propio gobernador acudiría a visitar a la muchacha en su humilde alojamiento. De este modo, a la mañana siguiente, las calles se encontraban abarrotadas de personas, que aguardaban para ver si el increíble acontecimiento ocurría de verdad. Y, ciertamente, sucedió. El gobernador se presentó, a caballo, con toda solemnidad, acompañado por su guardia. La noticia se extendió rápidamente y produjo una fuerte impresión, haciendo callar actitudes burlonas de las clases más poderosas y elevando el prestigio de Juana a un nivel más alto que nunca hasta entonces.



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