Juana de Arco

Juana de Arco

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El gobernador iba dispuesto a salir de dudas. Juana sólo podía ser una de las dos cosas: o bruja o santa, y él estaba decidido a aclarar cuál de las dos era. De modo que se hizo acompañar por un sacerdote con el fin de que pudiera arrojar al demonio, en el caso de que hubiera tomado posesión de Juana. El sacerdote realizó su misión, pero no encontró el menor rastro del demonio. Lo único que se logró fue herir los sentimientos de la doncella y ofender su honda piedad de forma gratuita, puesto que ese mismo sacerdote ya la había confesado antes, y ya debía saber que si algo no resiste el demonio, es el sacramento de la confesión, al que odia con tal fuerza, que lanza lamentos de angustia y furiosas maldiciones, dondequiera que se encuentra con el pecador arrepentido, que confiesa sus pecados al sacerdote.

Así pues, el gobernador se marchó, confundido y acosado por sus propias reflexiones, pero sin saber qué hacer. Mientras resolvía sus dudas, pasaron varios días, y llegó el 14 de febrero. En ese momento, Juana volvió al castillo y habló con decisión al gobernador:

—En nombre de Dios, Robert de Baudricourt, sois demasiado lento en permitirme acudir a presencia de nuestro Delfín, y ya habéis ocasionado un daño cierto con ello. En este mismo día, Francia ha perdido una batalla cerca de Orleáns y todavía sufriremos aún mayores perjuicios si no me enviáis rápidamente a la corte.


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