Juana de Arco
Juana de Arco —Pues qué raro… —argumenté yo—, supuse que se habrÃa presentado como voluntario, naturalmente… ¿es que no fue asÃ?
—¡Ah, sÃ! Fue tan voluntario como el reo va hacia el verdugo… ¡Vamos!… pero si cuando vio que yo salÃa de Domrémy para alistarme, quiso venir conmigo, bajo mi protección, porque le gustaba ver a la multitud emocionada y gritando. Al ver desfilar a los soldados a la luz de las antorchas, fuimos todos muy emocionados a ver el espectáculo fuera del castillo del gobernador, y entonces, sus guardias lo agarraron a la fuerza. El pobre diablo gritaba pidiendo que le dejaran marchar y, al ver cómo sufrÃa, intercedà por él, rogando que me permitieran a mà ir en su lugar. El gobernador atendió mis súplicas, pero decidió no soltar a Noel, indignado por su cobardÃa, al verle llorar como un niño… Con esas trazas… mucho va a ayudar al servicio del Rey… ya lo comprobaréis pronto… comerá como seis y correrá hacia atrás como diez y seis… ¡Odio a los mequetrefes de medio corazón y nueve estómagos!
—Pero ¿cómo? —exclamé yo—, eso que me cuentas me extraña mucho y me llena de perplejidad. Siento pena al oÃrlo, tenÃa entendido que Noel era un joven valiente…
El PaladÃn me lanzó una mirada de ira, y contestó: