Juana de Arco

Juana de Arco

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—Absolutamente. Y tengo muchas más en el lugar de donde proceden todas —afirmó tocándose la frente con el dedo, y desplazando su casco sobre la oreja derecha, en gesto de propia satisfacción—. Yo no necesito que nadie me preste ideas, como le ocurre a Noel Rainguesson.

Al oír el nombre de nuestro amigo, le pregunté:

—Y, hablando de Noel, ¿cuándo le viste por última vez?

—Pues hace sólo un rato. Está durmiendo más allá, como un lirón. Cabalgó toda la noche pasada con nosotros.

Al escuchar esto, sentí que el corazón me saltaba. Me dije: «Ahora ya estoy tranquilo y satisfecho. Nunca volveré a dudar de las profecías de Juana». Después, hablé en voz alta:

—Eso me alegra mucho. Me hace sentirme orgulloso de nuestra aldea. Ya veo que nuestros corazones de león no pueden aguantar refugiados en la tranquilidad de las casas, en estos momentos difíciles…

—Pero ¿cómo? ¿Corazón de león? ¿Quién?… ¿Ese elemento? Pero, vamos, si se humilló como un perrito rogando que lo dejasen en paz… Lloró y protestó pidiendo marcharse con su madre… ¡Ese, un corazón de león! ¿Ese escarabajo?


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