Juana de Arco
Juana de Arco —Calla, calla… veamos, amigo —contesté—, ¿sabes que has descubierto una idea genial? ¿Te das cuenta de la inmensidad de la acción que te propones realizar? Porque, mira, al fin y al cabo, llegar a ser un general famoso… ¿qué es eso? Pues nada… La historia está llena de tales personas. Es imposible retenerlos a todos en la memoria, de tantos como hay. Pero, en cambio, un soldado raso que alcance la fama suprema, la más alta gloria… ¡Ah, resultarÃa un caso único! ¡SerÃa algo asà como la lima brillante un cielo sembrado de pequeñas estrellas, como si fueran simples granos de mostaza! ¡Su memoria sobrevivirÃa a la raza humana! Por favor, amigo mÃo, ¿quién te ha inspirado semejante idea?
El PaladÃn pareció a punto de estallar de gozo, pero logró disimular sus sentimientos a duras penas. Declinó el cumplido con sencillez, haciendo un gesto indiferente con la mano y, con cierta condescendencia, respondió:
—En realidad, no tiene tanta importancia. Suelo tener ese tipo de ideas con frecuencia, y aun otras todavÃa más brillantes. Esta no me parece nada del otro mundo.
—Me dejas asombrado —continué yo—, porque a mà me parece extraordinaria. ¿De modo que la ocurrencia ha sido realmente tuya?