Juana de Arco
Juana de Arco En el fondo era una buena persona, un gigante de buen corazón, sin maldad, pues no hay maldad cuando uno ladra, pero no muerde. No había malicia de fondo. Y, además, el defecto no podía atribuirse sólo a Paladín, sino que el propio Noel Rainguesson lo había alimentado y perfeccionado, debido a lo divertido que lo pasaba escuchando sus baladronadas. El espíritu guasón de Noel necesitaba alguien a quien excitar, de quien burlarse y con quien divertirse. Así que, se dedicó a espolear el ánimo del Paladín, en lugar de dedicarse a otras cosas más útiles e importantes. Y la verdad es que la tarea de Noel logró un éxito considerable, puesto que disfrutaba con la presencia del Paladín más que con la de cualquier otra persona, mientras que el Paladín, al contrario, prefería estar con cualquiera de sus amigos antes que con el taimado Noel. Sin embargo, se veía a menudo al grandullón del Paladín con el minúsculo Noel, lo mismo que se puede contemplar juntos al toro y al mosquito.
En la primera oportunidad, me acerqué a Noel para conversar un rato. Para empezar, le dije:
—Fue muy bello y valeroso por vuestra parte alistaros como voluntario, Noel.
Me guiñó un ojo y contestó:
—Sí, la verdad es que fue bastante hermoso, creo. Pero, aun así, no puedo atribuirme todo el mérito: me ayudaron.