Juana de Arco
Juana de Arco —Yo conozco bien al PaladÃn. Al principio afirmó que eso de incorporarse al ejército no le gustaba nada. Pero yo sé que no es cierto. Él acostumbra a decir siempre lo contrario de lo que siente. Me parece que está contento, precisamente porque lo negó.
—Entonces… —continué yo— vos creéis que se encuentra satisfecho…
—SÃ, estoy seguro de que lo estaba. Y eso que suplicaba servilmente y lanzaba gritos llamando a su madre. También aducÃa que estaba delicado de salud y que no podÃa montar a caballo y no sobrevivirÃa a la primera caminata. Pero no aparentaba el miedo que, supuestamente, le embargaba. El gobernador se hartó y le pegó un grito que levantó polvo del suelo. Al lado habÃa un tonel de vino tan grande que necesitaba cuatro hombres para cargarlo. El gobernador le ordenó levantarlo, bajo las amenazas de hacerlo pedazos, y el PaladÃn obedeció, agarrando fácilmente el tonel en sus manos. El gesto le valió su ascenso a soldado raso en nuestra escolta, sin más discusiones.
—SÃ, puede que tengáis razón, si vuestros razonamientos son correctos… Y ¿cómo aguantó la marcha de la noche pasada?