Juana de Arco

Juana de Arco

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La joven se alegró al tener conocimiento de la noticia, pero sin llegar a perder la calma. Al contrario que el resto de los que la acompañábamos, incapaces de comer, dormir ni razonar, debido a la excitación por el honor que nos fue concedido. Durante esos días nuestros dos caballeros se mostraban angustiados ante la posible reacción de Juana, ya que la audiencia, al ser fijada por la noche, se llevaría a cabo con gran pompa y brillo de luces, emitidas por cientos de antorchas que iluminarían los rutilantes vestidos y los objetos esplendorosos de la Corte. Su temor era que la doncella, una pobre chica de pueblo, se dejara ganar por el miedo ante semejante espectáculo, y fracasara rotundamente en su misión.

Seguramente que yo hubiera podido tranquilizarlos, buen conocedor de la transformación operada en Juana, pero me pareció más prudente callar. ¿Es que podría Juana perder la serenidad ante aquel cuadro de oropeles, presidido por un Rey débil, rodeado de presumidos duquesitos?… ¿Ella, que había hablado de frente con los príncipes del cielo, los que se encuentran cerca de Dios, miríadas de ángeles como un abanico de luz gloriosa, semejante a la del sol, que llenaba la inmensidad del espacio con su cegadora luminosidad? No. Juana mantendría su calma en aquella ocasión.


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