Juana de Arco

Juana de Arco

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—¡Que Dios, con su gracia, os dé larga vida, oh querido y noble Delfín!

Entre el asombro y la exaltación, el caballero de Metz explotó:

—¡Por Dios, que esto es increíble!

Luego, de la emoción, casi me tritura los huesos de la mano al apretármela entre las suyas, mientras añadía, sacudiendo con orgullo su cabellera:

—¡Venga!, ¿qué diablos tienen ahora que decir esos malditos incrédulos?

Mientras tanto, el joven de los vestidos sencillos cumplimentado por Juana, habló con decisión:

—¡Ah!, os equivocáis, hijita, yo no soy el Rey. Miradlo, ahí está —y señalaba hacia el trono.

El caballero de Metz se indignó.

—¡Es una vergüenza que le hagan estas cosas! De no ser por una mentira tan descarada como ésta, Juana habría salido airosa. Pues ahora voy a decirles a todos unas cuantas verdades, ya verán…

Como un solo hombre, el caballero Bertrand y yo lo detuvimos con firmeza:

—¡No os mováis, conservad la calma, por favor!…

Juana continuó de rodillas y, levantando su rostro hacia el Rey, le dijo:

—No, mi noble Soberano. Vos sois el Rey, y ningún otro.


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