Juana de Arco

Juana de Arco

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Por el momento, ella no hizo ninguna reverencia, ni la más leve inclinación de cabeza ante la persona que ocupaba el trono. Permaneció de pie, mirando en esa dirección, sin decir palabra. Eso era todo lo que se veía allí, nada más. Miré de reojo hacia el caballero de Metz y me sorprendió la palidez de su rostro. En un leve susurro, le dije:

—¿Qué ocurre? Amigo, decidme, os lo ruego…

El tono de su respuesta fue tan débil que apenas logré comprenderla.

—¡Han aprovechado lo que escribió Juana en su carta (cuando decía que estaba dispuesta a conocer al Rey entre los personajes de la Corte) para hacerle esta jugarreta! Ahora, la pobre se confundirá y todos se burlarán de ella: No es el Rey quien está sentado en el trono.

Al oír esto, observé a Juana. Continuaba mirando con seguridad y fijeza hacia el trono. Me dio la impresión de que todo en ella desde los hombros hasta la cabeza, expresaba desconcierto ante lo que veía. Volvió los ojos lentamente en dirección a las filas de cortesanos que se encontraban de pie, hasta que se detuvo en un joven, vestido con sencillez, sin ningún signo distintivo. En ese instante, su rostro se iluminó de alegría. Corrió hacia donde estaba el joven y, echándose a sus pies, exclamó con esa voz suave tan propia de ella, ahora llena de ternura:


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