Juana de Arco
Juana de Arco —Voy a ofreceros una demostración de modo que ya no dudéis en absoluto. Vos tenéis una preocupación secreta en vuestro corazón de la que no habéis hablado a nadie. Es una duda que socava vuestro ánimo y os aconseja abandonarlo todo y huir lejos. Hace un momento habéis rogado a Dios, desde el interior del alma, que os diera su gracia para resolver esta duda, aunque de ello resultara la conclusión de que no tenéis el menor derecho a la corona.
Fueron estas palabras las que desconcertaron al Rey, puesto que, en efecto, ese ruego era secreto y sólo Dios lo conocÃa. Asà pues, dijo:
—Vuestra demostración ha sido suficiente. Ahora estoy seguro de que esas Voces proceden de Dios. Es cierto lo que os han revelado acerca de mis dudas. Por favor, si sabéis algo más, decÃdmelo, lo creeré.
—Pue bien, mis Voces han resuelto esa duda. Os voy a trasmitir sus propias palabras. Son éstas: Vos sois el verdadero heredero del trono de Francia. Dios lo ha dicho. Ahora levantad la cabeza, no dudéis más, entregadme hombres de armas y permitidme llevar a término mi cometido.