Juana de Arco
Juana de Arco El oír la seguridad de que él era heredero de derecho a la corona, fue lo que le hizo erguirse y recobrar el sentimiento de dignidad, desechando las dudas de su mente, seguro de su realeza. En aquellos momentos, si el Rey hubiera podido prescindir del Consejo, habría atendido de inmediato la propuesta de Juana y entregado el ejército que solicitaba para encaminarse al campo de batalla. Pero no. A los intrigantes consejeros, la actitud de Juana les había dado sólo «jaque», no «jaque mate». Seguro que estaban en condiciones de inventar algunas trabas y dilaciones más.
Si nos sentimos orgullosos al ver los honores rendidos a Juana al entrar en el salón, mucho más satisfechos nos encontramos con el trato otorgado al abandonar aquel lugar. Entonces se le concedió un ceremonial reservado sólo a la realeza. El propio Rey llevó a la joven de la mano en dirección a la puerta, mientras la nobleza, de pie, se inclinaba a su paso y las trompetas de plata sonaban sus preciosas notas. Luego, el Rey despidió a Juana con palabras amables y, con exquisita reverencia, le besó la mano. Habíamos comprobado que otra vez, según costumbre, era despedida con más cariño y admiración al terminar un acto que al empezarlo.