Juana de Arco
Juana de Arco El propio Noel Rainguesson, que oyó el relato a escondidas, me lo dijo, y decidimos después ir juntos a escucharle, previa propina a la dueña de la taberna, que nos prestó una sala contigua, vacía, desde donde pudimos acomodarnos a presenciar el espectáculo. Desde los disimulados postigos de la puerta, vimos la taberna, que ocupaba en un ancho espacio, de aspecto confortable y abrigado, con sus mesitas acogedoras y sillas distribuidas irregularmente sobre el suelo de ladrillo rojo, en torno al cálido fuego que chisporroteaba en la amplia chimenea.
Era un lugar muy agradable para refugiarse en él durante aquellas noches de marzo tan frías y tormentosas, cosa que entendía bien la respetable cantidad de parroquianos degustando sus vasos de vino con espíritu alegre y parlanchín, cambiando impresiones entre ellos, a la espera de la llegada del historiador. El posadero, su mujer y su hermosa hija, se afanaban de un sitio a otro por entre las mesas, haciendo lo posible por atender los deseos de los clientes. La sala tenía unos cuarenta pies cuadrados, dejando un espacio en la parte inferior, al centro, para que el Paladín hiciera uso del terreno que necesitaba para ambientar sus actuaciones. Al final de esta zona se elevaba una plataforma de unos diez o doce pies de anchura, provista de una silla de grandes dimensiones y de una mesita, a la que se accedía a través de tres escalones.