Juana de Arco

Juana de Arco

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Entre los presentes, se distinguían varios rostros conocidos: el zapatero remendón, el físico o curandero, el herrero, el carretero, el armero, el cervecero, el tejedor, el panadero, el molinero y otros. Lugar destacado entre la concurrencia ocupaba el barbero cirujano, según costumbre generalizada en las aldeas de la época. Sus continuos servicios, tanto en arreglar barbas, como en sacar muelas y hacer sangrías, les granjeaban amistades en todas las capas sociales y hacían de ellos personas de cierta cultura, ampulosos modales y grandes conversadores.

Cuando, al fin, apareció el Paladín, caminando con aire indolente, fue recibido con vítores, al mismo tiempo que el barbero se precipitó hacia él, y tras varias reverencias principescas, le tomó la mano y la besó. Luego, sin alzar la voz, pidió una jarra de vino para El Paladín, y cuando la hija del posadero lo trajo, con una inclinación, ordenó que el importe lo cargaran a su cuenta. Su gesto le valió voces de aprobación, que le llenaron de satisfacción, haciendo brillar sus ojillos de rata. Después, el barbero propuso un brindis a la salud de el Paladín, cosa que hicieron todos con gusto y afectuosa cordialidad, chocando sus vasos de metal con un golpe simultáneo, resaltando el efecto con un resonante ¡Viva!


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