Juana de Arco
Juana de Arco Ya he dicho que no sabía leer. Un día la molestaron y atormentaron con tal cantidad de razones, argumentos, objeciones y mil enredosas palabras, tomadas de varias obras escritas por grandes teólogos, que se agotó su paciencia y se dirigió a ellos con voz firme y serena, diciendo:
—No sé distinguir la A de la B, pero sí entiendo esto: He venido siguiendo un mandato de Dios para liberar Orleáns del poderío inglés, y coronar al Rey en Reims, de modo que todas esas cuestiones con las que me atosigáis carecen de importancia.
Como no podía ser menos, aquellos días fueron una dura prueba para ella y muy cansados para todos los participantes en las sesiones. Sin embargo, la parte más fatigosa fue la de Juana, a la que no se concedía ni una hora ni un día de descanso, dispuesta siempre a comparecer en cualquier momento, mientras los inquisidores se relevaban unos a otros cuando se encontraban agotados. No obstante, nunca acusó el cansancio, ningún cansancio, y muy rara vez dio muestras de impaciencia. Normalmente, acababa las jornadas muy tranquila, con viveza de gestos y serena compostura, en abierta lucha con aquellos veteranos maestros expertos en el manejo de la espada dialéctica, saliendo de los combates sin el más leve rasguño.