Juana de Arco
Juana de Arco En cierta ocasión, uno de los teólogos le lanzó una pregunta que hizo a todos los presentes aguzar sus oídos con gran interés. Yo temblé y me dije: «Esta vez la han pillado, pobre Juana. No hay forma de responder bien a eso». El sagaz teólogo inició su pregunta con tono indolente, como si sus palabras carecieran de importancia:
—¿Vos aseguráis que Dios desea librar a Francia de las ataduras inglesas?
—Sí —respondió Juana—, Dios lo desea así.
—¿Y vos solicitáis hombres de armas para acudir a rescatar Orleáns, según creo?
—Sí. Y cuanto más pronto, mejor.
—Pero, Dios es todopoderoso y capaz de cualquier cosa que se proponga hacer, ¿no es así?
—Ciertamente, nadie lo duda.
El teólogo levantó la cabeza y le hizo la pregunta a la que me referí antes, con un tono de triunfo:
—Entonces, contestadme a esto: si Él quiere liberar a Francia, y siendo que todo lo puede, ¿qué necesidad tenemos de hombres de armas?