Juana de Arco

Juana de Arco

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Se produjo una gran agitación al oír la pregunta y las cabezas se movieron hacia adelante, mientras las manos reforzaban los oídos para no perderse la respuesta. El teólogo se rebulló con satisfacción y observó a los asistentes, como esperando un aplauso, al comprobar el buen efecto de su pregunta que se reflejaba en todas las caras. Sin embargo, Juana no se desconcertó en absoluto. Contestó sin ningún matiz de inquietud en su voz:

—Dios ayuda a los que se ayudan. ¡Los hijos de Francia deben combatir en las batallas, pero Él nos dará la victoria!

Un brillo de asombro recorrió toda la sala, de rostro en rostro como un rayo de sol. Hasta al mismo teólogo pareció gustarle ver su golpe maestro rechazado con tanta limpieza. Yo escuché a un venerable obispo murmurar con el estilo propio de aquella época algo ruda: «Por Dios que esta niña ha dicho la verdad. ¡Él quiso que Goliat fuese vencido, y para eso mandó a un joven de la edad de ésta para hacerlo!».

Otro día, cuando los inquisidores la acosaron hasta el punto de que ya nadie aguantaba más, salvo Juana misma, el hermano Séguin, profesor de teología de la Universidad de Poitiers, hombre sarcástico e irritable, continuó importunándola con farragosas preguntas hechas en el francés defectuoso de su región de Limoges. Finalmente inquirió:


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