Juana de Arco

Juana de Arco

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—¿Y cómo es posible que entendierais a esos ángeles? ¿En qué lengua hablaban?

—En francés.

—Pues muy bien. Es agradable saber que nuestro idioma se vea tan honrado. ¿Y era buen francés?

—Sí. Era un francés perfecto —aclaró Juana.

—Así que era perfecto ¿eh? Bien. Vos debéis saberlo. Sería aún mejor que el vuestro, ¿eh?

—En cuanto a eso… no puedo afirmarlo —respondió la joven. Iba a continuar, pero se detuvo. Luego añadió, como hablando consigo misma: ¡De todas formas, era mejor que el vuestro!

Percibí un atisbo de risa en el fondo de sus ojos, a pesar de su aire ingenuo. La gente se alborozó. El hermano Séguin se mostró irritado, preguntando con brusquedad:

—¿Creéis en Dios?

Juana respondió con enervante parsimonia:

—¿Creer en Dios?… tal vez mejor que vos…

El hermano Séguin perdió la paciencia y siguió con una serie de preguntas irónicas, hasta que, muy enfadado, estalló:

—Muy bien. Pues yo os digo ahora a vos, cuya fe en Dios es tan grande: El no pretende que nadie crea en vuestras palabras sin ofrecemos una prueba de su certeza. ¿Dónde está esa prueba? ¡Mostradla!


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