Juana de Arco
Juana de Arco —¡Escuchad! El Libro de Dios tiene más fuerza que todas esas opiniones antiguas. Y os diré además, que en ese Libro hay cosas que ninguno de vosotros, con toda vuestra ciencia, puede leer.
Desde el principio, Juana se hospedó en la casa de la señora de Rabuteau, invitada por ella, esposa de un consejero del Parlamento de Poitiers. Las damas de la buena sociedad visitaban de noche a Juana, por el gusto de verla y hablar con ella. La misma práctica fue seguida por los abogados, representantes y letrados del Parlamento y de la Universidad. Aquellos hombres doctos y serios, acostumbrados a las reflexiones filosóficas, a darles vuelta a los argumentos y a dudar de todo, fueron cayendo poco a poco en el encanto de Juana movidos por su capacidad de convencer y su ingenuidad, que eran las grandes virtudes de la joven. Al cabo del tiempo, nadie, ni alto ni bajo, ni culto o inculto, dejaba de reconocer: «Esta niña ha sido enviada por Dios».