Juana de Arco
Juana de Arco Se dice que las desgracias nunca vienen solas. En nuestro caso, ocurrió lo mismo con la oleada de buena suerte. Después de la primera, siguieron viniendo, una tras otra, olas favorables. La última llegó así: Entre los teólogos, se anduvo discutiendo si la Iglesia debería permitir que una persona del género femenino pudiera vestir el traje de soldado. Por fin se produjo el veredicto, elaborado por dos famosos teólogos —uno había sido Canciller de la Universidad de París—. Ambos decidieron que si «Juana debía cumplir el trabajo de un hombre y de un soldado, parecía justo y legítimo que su atavío estuviera de acuerdo con la misión».
Con ello ganamos un punto importante: que la Iglesia la autorizase a vestir como un hombre. Como he dicho, una oleada de suerte detrás de otra nos anegaba. Pero dejemos las olas menores, para hacer referencia a las más grandes: una ola que nos hizo perder el pie y casi nos ahoga de alegría.