Juana de Arco
Juana de Arco Bueno, pues asistió, de verdad. No podíamos creerlo, pero allí estaba, caminando de un lado a otro a grandes zancadas, cumpliendo su palabra, y mostrándose lo más piadoso que le era posible, aunque se le oía gruñir por lo bajo y maldecir muy enfadado. Era un nuevo ejemplo de algo que se repetía en todas partes: los que escuchaban la voz de Juana y contemplaban su mirada, quedaban tan encantados que cambiaban su modo de actuar y de pensar.
El mismo Demonio se había convertido. Ya lo veis. El resto de su tropa, le siguió. Juana recorrió a caballo el campamento, y donde ella aparecía, con su rostro dulce y sereno, aquellos rudos soldados creían contemplar un ángel bajado del cielo, se maravillaban, primero, y después lo veneraban. Desde aquel momento, la Doncella contaba incondicionalmente con ellos.
Tres días más tarde, el campamento se había convertido en un lugar limpio y ordenado. Los salvajes de antes se agrupaban para asistir al oficio divino dos veces diarias como si fueran chicos piadosos. Las mujeres se fueron. La Hire estaba impresionado por los cambios y no acertaba a comprenderlos. Cuando deseaba jurar, se salía fuera del campamento. Hombre duro y violento, respetaba lo que él consideraba era ya un lugar sagrado.