Juana de Arco

Juana de Arco

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—En nombre de mi Dios —contestó Juana—, el Consejo de mi Señor es más seguro y prudente que el vuestro. Quisisteis engañarme y os habéis engañado a vosotros mismos, pues yo os traigo la mejor ayuda que ninguna ciudad ni caballero han tenido jamás: la ayuda de Dios. No os la envía por amor a mí, sino que es por Voluntad de Dios. Ante los ruegos de San Luis y de Carlomagno, ha tenido piedad de Orleáns y no permitirá que el enemigo se apodere del duque de Orleáns y de su ciudad. Aquí disponemos de las provisiones que salvarán a la gente que se muere de hambre. Pero los botes que las transportan, se han detenido antes de alcanzar la ciudad. Ahora el viento es contrario y no pueden remontar el río. Así que, decidme, vos que tan sagaz sois, ¿en qué estaba pensando ese Consejo vuestro para decidir una maniobra tan tonta?

Dunois y los demás caballeros se enredaron en el asunto por un momento. Luego lo dejaron y quisieron demostrar que no se habían equivocado. Juana les cortó:

—Sí, sí. Esto ha sido un tremendo error. Y como el mismo Dios no deshaga vuestra insensatez, cambie el viento y arregle las cosas, el asunto no tendrá remedio.



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